I. EL CIELO QUE MATÓ
Son las dos de la tarde.
En el cielo, suspendidos en el aire, dos pequeños puntos recortan sus oscuras siluetas contra la bóveda celeste. Se desprenden de las nubes. Inician un descenso rápido, casi vertical. El ruido, antes un zumbido distante, se vuelve perceptible. Los puntos se agrandan. Toman forma. Toman nombre.
Son dos helicópteros UH-1H Huey —fabricación estadounidense, aves de fuego que la Junta Militar Salvadoreña utiliza para sembrar muerte.
Las balas tienen objetivo preciso: comunidades rurales, caseríos habitados por campesinos indefensos, y también zonas montañosas donde comandos guerrilleros resisten. Las voces de alarma se confunden con el sonido de los proyectiles. Niños, con pistolas al cinto, corren a buscar refugio en los riscos. Jóvenes con FAL, Uzi, Remington, Garand y M-16 apuntan al cielo: no disparan.
—Están muy alto, compa. Mejor vení a buscar refugio, pero corré por aquí. Seguíme...
Buenas tardes. Damas y caballeros, colegas del mundo.
Lo que acaban de escuchar no es ficción. No es una escena de película. Tampoco un guion de streaming. Es la transcripción de la crónica que redacté y publiqué en noviembre de 1981, en el diario mexicano unomásuno, tras más de veinte días metido en el frente de batalla en El Salvador.
En México, estando yo allá, el diario publicó que estaba desaparecido y presuntamente detenido por la Junta militar salvadoreña. Estaba esquivando metralla en esas veredas, incomunicado en la montaña, con una rodilla lesionada por una caída entre piedras y lodo. Un reporte de un contacto del Frente informó al diario: «Está enfermo».
En la mesa de redacción, alguien tradujo ese mensaje como detención ilegal. Se desató un conflicto diplomático. Mientras el mundo especulaba sobre mi paradero, yo comía frijoles negros con tortillas hechas a mano, escuchaba Radio Habana en un aparato de pilas, interrogaba y llenaba libretas.
De mi detención me enteré dos días después de haber, también de manera ilegal. Arribé a un poblado, en Honduras, a casa de una maestra. Ahí me entregaron diarios atrasados. Vi la nota: “Desparece reportero de México, en El Salvador”, ¿Quién será? me pregunté. Mi nombre saltaba de las páginas.
Al llegar a San Pedro Sula, al día siguiente, lo primero que hice fue conseguir un teléfono para comunicarme con mi madre. Oí su voz, me la imaginaba bailando de contento. Me dijo que era un escándalo, que me creían muerto. Y luego, después de una pausa me preguntó:
–¿Y si traes la nota, mijito?
Antes, en la sierra, mientras los fanáticos del beisbol celebraban la mítica Serie Mundial de 1981 y los Dodgers ganaban con Fernando «El Toro» Valenzuela, yo vivía una realidad completamente ajena. Una realidad sin replays, sin redes sociales, sin señal satelital.
Una realidad que nadie más estaba contando.
II. LOS QUE LLEGARON PRIMERO
Para algunos historiadores, el primer corresponsal de guerra fue el británico Charles Lewis Gruneisen, en 1837, cubriendo la Primera Guerra Carlista en España para el Morning Post. Para la mayoría, el verdadero pionero se llama: William Howard Russell, irlandés, nacido en Dublín en 1821.
The Times de Londres lo envió a Crimea en 1854. Sus crónicas tardaban semanas en cruzar el Mediterráneo en vapores, pero cuando llegaban, sacudían Inglaterra entera. Russell no sólo describía batallas. Desnudaba al ejército británico: el desastre logístico, el abandono de los soldados heridos, la incompetencia criminal de sus mandos. La reina Victoria lo detestaba. El Ejército quería lincharlo. El gobierno cayó.
Russell demostró, por primera vez en la historia moderna, la fuerza devastadora de la pluma. Que el poder temía al reportero más que a los cañones enemigos.
Ese linaje es el nuestro. Esa es la estirpe de la que venimos.
Desde Russell hasta hoy, ha pasado más de siglo y medio. Pero la pregunta que él respondió con sus crónicas desde Sebastopol es la misma que cada corresponsal se hace al cruzar una frontera caliente: ¿Vale la pena morir por contarlo?
III. EL PRECIO EN SANGRE:
LO QUE LAS CIFRAS NO PUEDEN CALLAR
El pasado no queda impune.
Apenas ayer, 4 de mayo, la Cámara de lo Penal de El Salvador ratificó la sentencia contra tres altos mandos militares por el asesinato de cuatro periodistas holandeses en 1982. Se les responsabiliza por la emboscada en la que murieron Koos Koster, Jan Kuiper, Hans ter Laag y Joop Willemsen, del canal público neerlandés IKON, atacados por el ejército en plena guerra civil. El crimen marcó una época de terror para la prensa internacional: ellos cubrían el conflicto armados sólo con cámaras, plumas y libretas.
No fueron los únicos. Otros corresponsales cayeron en esa misma región y por esos mismos años: John Hoagland, 36 años, fotógrafo de Newsweek, asesinado el 16 de marzo de 1984 en El Salvador mientras cubría la guerra civil; Dial Torgerson, 55 años, y Richard Cross, 31, muertos el 21 de junio de 1983 por la explosión de un artefacto en la frontera entre Honduras y Nicaragua.
Y un caso que cambió para siempre la relación entre guerra, televisión y opinión pública: el asesinato de Bill Stewart, corresponsal de ABC News, en Nicaragua el 20 de junio de 1979.
El camarógrafo Jack Clark grabó el momento en que un soldado obligaba al periodista a arrodillarse y luego le disparaba a quemarropa. Las imágenes recorrieron las pantallas del mundo, generaron una indignación nacional y aceleraron la ruptura definitiva de Estados Unidos con la dictadura somocista, cuyo gobierno caería días después: el 19 de julio.
Déjenme ahora hablarles de números. No de los que aparecen en hojas de cálculo. Los que tienen nombre, apellido, y una familia que se quedó esperando en casa.
La Federación Internacional de Periodistas (FIP) publicó su lista anual de asesinados desde 1990 hasta febrero de este año. El histórico acumulado supera los 3,173 periodistas muertos en el ejercicio de su labor. Pero en los dos últimos años han quebrado todos los registros anteriores.
En 2025, 129 periodistas y trabajadores de medios fueron asesinados en todo el mundo. Es la cifra más alta desde que el Comité para la Protección de los Periodistas —el CPJ— comenzó a documentar estos casos, en 1992. No es una estadística. Es un cementerio nuevo que llenamos en doce meses.
Hay más: 2025 fue el segundo año consecutivo de récord. El año anterior, 2024, también había sido el más letal de su historia. Estamos acelerando en la dirección equivocada.
Dos tercios de esas 129 muertes ocurrieron en un solo conflicto: la guerra de Israel en Gaza: 86 periodistas. La mayoría, reporteros palestinos que cubrían su propio apocalipsis. Y desde el 7 de octubre de 2023, la Oficina de Prensa de Gaza contabiliza 262 periodistas muertos, 420 heridos y 50 detenidos. Doscientos sesenta y dos. Más que cualquier conflicto registrado desde la Segunda Guerra Mundial. El CPJ lo confirma sin ambigüedad: las fuerzas israelíes han perpetrado más asesinatos selectivos de periodistas que el ejército de cualquier otro gobierno desde que existen registros.
Y si creen que esto es geografía lejana, que es problema de otros continentes, miren hacia el territorio donde estamos parados hoy: México.
En 2025, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos colocó a México como el país más letal para periodistas en toda América Latina: 11 periodistas asesinados en un solo año, muy por encima de los 4 en Perú, 4 en Ecuador, 3 en Brasil. Y Artículo 19 lleva documentados más de 160 periodistas asesinados en territorio mexicano desde el año 2000. Todos —absolutamente todos— en un contexto de impunidad estructural que roza el escándalo internacional. ¿Y qué hacemos?
Permítanme decirles algo con toda la crudeza que este foro merece.
No hablamos de un país en guerra declarada. No hay tanques en las principales avenidas. No hay frentes marcados en un mapa militar. Nadie emite un parte de combate al amanecer. No existe oficialmente ningún conflicto bélico.
Y aun así —óiganme bien— un periodista que hoy cubre el crimen organizado en Veracruz, en Guerrero, en Sinaloa o en Tamaulipas, enfrenta el mismo riesgo de morir que un corresponsal desplegado en una zona de guerra formal.
O más. Porque en una guerra declarada hay reglas de enfrentamiento, convenciones internacionales, observadores, protocolo. Aquí no hay ninguno de esos escudos. El periodista mexicano está solo frente a un enemigo que no negocia, que no reconoce credenciales, y que sí sabe muy bien dónde vive.
El propio CPJ lo ha señalado en términos que no admiten interpretación: México es, fuera de las zonas de guerra, uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Esa frase —fuera de las zonas de guerra— es la fisura semántica que nos permite dormir con la conciencia tranquila. Pero la realidad operativa es brutal: el crimen organizado ha declarado su propia guerra no oficial contra la prensa, y la impunidad es su armamento más eficaz.
¿Cuántos de esos casos han sido resueltos? Uno de cada veinte. 98 por ciento de impunidad en homicidios de periodistas. Cien por ciento en desapariciones.
Cien. Por. Ciento.
No es impunidad. Es una política de Estado por omisión. Es el mensaje sistemático, repetido, ensayado durante un cuarto de siglo: matar periodistas no tiene costo. Y mientras ese mensaje no cambie, la lista seguirá creciendo.
IV. LA PSICOLOGÍA DEL QUE NO SE DETIENE
¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se cruza una frontera caliente sabiendo lo que puede pasar?
La inconsciencia, señoras y señores, tiene su propia arquitectura. La psicología del corresponsal de guerra —especialmente en aquellos años sin protocolos ni tecnología— se sostiene sobre tres pilares:
El primero: la ilusión de inmortalidad. En los ochenta existía la creencia —irracional, necesaria, casi infantil— de que la palabra PRENSA en el pecho o las credenciales colgadas al cuello funcionaban como un escudo antibalas invisible. Como si los proyectiles supieran leer.
La realidad centroamericana nos curó de esa ilusión. Para militares nerviosos y escuadrones de la muerte, un periodista extranjero no era un testigo protegido. Era un objetivo. O un testigo molesto que había que silenciar.
El segundo: la adicción a la adrenalina. Muchos desarrollamos lo que los propios corresponsales llamaban la enfermedad del frente. Cuando regresabas a la rutina pacífica, burocrática, gris de tu ciudad, sentías asfixia. El semáforo en rojo era insoportable. La junta de redacción, kafkiana. El mundo real parecía irreal. Solo te sentías vivo donde la vida valía menos.
El tercero: el compromiso ciego con la verdad. Una obsesión que apagaba el instinto de supervivencia. El miedo a morir cedía ante la urgencia de ser el primer testigo. Conseguir la información. La foto única. Relatar la masacre que el mundo ignoraba. Hacer lo que nadie más iba a contar.
Aunque resulta contradictorio, lo que nos sostenía era también el código del profesional: no tomar partido. No involucrarse emocionalmente. Mantener la imparcialidad aunque el corazón ardiera.
Nadie dijo que fuera fácil.
V. TIERRA ADENTRO: EL RELATO DESDE EL FRENTE
Les cuento cómo llegué.
La inconsciencia me llevó a cruzar ilegalmente la frontera salvadoreña. Primero establecí contacto en Honduras. El primer día me hicieron esperar tres horas. Un combatiente —experto en guerra de guerrillas, entrenado en Cuba— hizo el viaje conmigo. Llegamos a la frontera, a un campo de refugiados. De ahí, no más de diez personas —mujeres incluidas— caminamos más de tres horas en fila india, en silencio absoluto, hasta un corriente.
Dormimos a la orilla. La corriente venía crecida. Ya de noche, todos en ropa interior, cruzamos a nado empujando un bote donde metimos la ropa y nuestras pocas pertenencias.
Así entré a lo que los compas llamaban “territorio liberado”.
Viví batallas reales. Vi la muerte de frente, sin la edición censora de las pantallas de hoy. Los mandos me entregaron una pistola para defender mi vida. Jamás la utilicé. Mi única defensa fue siempre la libreta y la cámara. Comíamos lo que había: frijoles, tortillas a mano, y la latería enviada por países solidarios para paliar el hambre.
En medio del caos monté una gacetilla, impresa en una cuartilla con tres copias de papel carbón, a máquina de escribir. Mezclaba las noticias captadas de Radio Habana con los testimonios de los combatientes.
Las hojas se repartían y los que mejor leían las pregonaban a diversos grupos de sus compañeros. Recuerdo los momentos de respiro humano: el día que matamos una vaca cerril y la destazamos ahí mismo para alimentar a la tropa.
Recuerdo el dolor inmenso al fotografiar el sepelio rústico de un combatiente caído en batalla, enterrado bajo el suelo de la selva con una improvisada cruz de madera. Y los niños rindiéndole homenaje al postrado con fusiles en lo alto...
Eso era la vida diaria. Eso era la guerra.
Y yo estaba ahí para contarlo.
VI. EL FRENTE HOY: EL PECHO
DESCUBIERTO SE LLAMA DIGITAL
El mundo cambió. Los corresponsales de hoy transmiten video en alta definición desde una trinchera en tiempo real.
Portan cascos de Kevlar, chalecos balísticos, protocolos corporativos de seguridad, rastreadores satelitales. La tecnología los conecta en un clic con sus redacciones y con el planeta entero.
Pero el peligro es el mismo. O peor.
En mi época, el letrero de PRESS en el pecho era un escudo moral —frágil, simbólico, pero moral.
Hoy, en los conflictos no estatales y en las zonas de criminalidad organizada, ese mismo letrero te convierte en objetivo estratégico. En moneda de cambio. En una historia que no conviene que se cuente.
La tecnología satelital permite informar al instante. Pero también delata la ubicación del periodista. El pecho descubierto de antes era físico. El de hoy es digital. Las señales de GPS pueden ser rastreadas por drones, por grupos criminales, por servicios de inteligencia. En 2025, los ataques de drones contra periodistas se duplicaron: de 21 casos documentados en 2024, pasaron a 39. Treinta y nueve periodistas muertos por drones. Una tecnología que empujamos como símbolo de progreso, ahora usada para matar a quienes intentan mostrar la verdad.
El Comité Internacional de la Cruz Roja contabiliza alrededor de 130 conflictos armados activos en el mundo hoy. Guerras civiles, insurgencias, enfrentamientos prolongados contra grupos armados no estatales, presentes en 35 a 40 países. Y en cada uno de ellos, hay periodistas intentando llegar a la primera línea. Periodistas locales, que representan entre el 85% y el 95% de todas las bajas violentas en el mundo. Hombres y mujeres que nadie conoce por su nombre. Que no figuran en los telegramas de condolencias internacionales.
El alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, Volker Türk, lo dijo con precisión quirúrgica el pasado 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa: "El periodismo se ha convertido en una profesión insegura y, en ocasiones, peligrosa". Y añadió el dato que debería helarnos la sangre: en los últimos veinte años, solo uno de cada diez asesinatos de periodistas ha sido juzgado y condenado.
Uno. De. Cada. Diez.
Dos siglos de distancia. La misma ecuación: verdad que incomoda. Poder que silencia. Lo que cambió es la velocidad. El alcance. La tecnología. La visibilidad. Lo que no cambió es la apuesta.
La directora ejecutiva del CPJ, Jodie Ginsberg, lo resumió al presentar el informe más letal de la historia del periodismo: "Los ataques a los medios son un indicador principal de ataques a otras libertades. Todos estamos en riesgo cuando los periodistas son asesinados por contar noticias".
Todos. No sólo los periodistas. Todos.
VIII. REFLEXIÓN FINAL:
POR QUÉ ESTO IMPORTA
Permítanme cerrar con una verdad que aprendí en las montañas de El Salvador y que he verificado, con el paso de las décadas y las guerras, en cada rincón en llamas del planeta.
La tecnología avanzará. Los imperios caerán. Los métodos periodísticos seguirán evolucionando —el camino digital no se detendrá. La inteligencia artificial reescribirá los flujos de trabajo. Los formatos cambiarán. Los soportes cambiarán. Los modelos de negocio cambiarán.
Pero hay una verdad que no cambia.
La guerra es muerte pura. La violencia organizada es muerte pura. La criminalidad que acorrala redacciones en Veracruz o Sinaloa, que cobra una vida cada treinta días en México, también es muerte pura.
Y las balas —los proyectiles, los fragmentos de metralla, los ataques de drones, las ejecuciones en las calles de alguna ciudad mexicana— no saben de credenciales de prensa colgadas al cuello. No respetan credos religiosos. No entienden de militancias políticas. No perdonan la edad. No discriminan la raza. No distinguen género. No hacen diferencia entre el veterano que cruzó 20 fronteras y el reportero de 25 años que cubría su primer conflicto local.
Entonces, ¿por qué hacemos esto?
Porque alguien tiene que hacerlo.
Porque en ese caserío salvadoreño bombardeado, en esa trinchera ucraniana bajo la nieve, en esa ruina de hospital en Gaza, en esa esquina peligrosa de alguna ciudad mexicana, pasa algo que el mundo necesita saber.
Y si nadie lo cuenta, si nadie cruza esa frontera con una libreta, o grabadora y una cámara, ese hecho desaparece para siempre: no existió. Esa masacre no ocurrió. Esa familia no vivió. Esa historia no fue.
El corresponsal de guerra —periodista que arriesga su vida en zonas de conflicto y no como desde los 90 algunos organismos internacionales han dejado de clasificar sus muertes como bajas de guerra para etiquetarlas como asesinatos en "zonas de alta criminalidad" — no es un héroe de película. No busca gloria. La mayoría son personas comunes con una obsesión extraordinaria: llevar la verdad al otro lado. Que el lector del mundo abra el periódico, o la pantalla, o escuche en la radio y sienta el peso de lo que ocurre.
Eso tiene un valor que no miden los algoritmos. Que no cotiza en bolsa. Que no genera likes ni trending topics. Pero que sostiene algo que, si se destruye, se lleva consigo a la democracia entera: el derecho de los pueblos a saber lo que les pasa.
Hoy, en esta Cumbre Internacional de Periodismo, quiero pedirles que honren ese linaje. Que lo protejan. Que lo financien. Que lo legislen. Que lo auxilien cuando es perseguido. Que, cuando un periodista muera por contar una historia, su nombre no quede en el 95% de impunidad. Que se castigue en el 95% de los casos a quien cometió el crimen. Se le juzgue y condene. Que se avise que matar al mensajero tiene consecuencias.
Porque si no lo hacemos nosotros, en un foro como este, ¿quién lo va a hacer?
Nuestra única misión, a pesar de todo, sigue siendo estar ahí para contarlo.
Muchas gracias.
***Semblanza de Gonzalo Álvarez del Villar
Ponente
IX Cumbre Internacional de Periodismo CONAPE CDMX 2026
Gonzalo Álvarez del Villar es una figura imprescindible en la historia del periodismo mexicano. Con más de 50 años de trayectoria, ha ejercido el oficio desde todas sus trincheras: reportero, corrector, cabecero, jefe de información, jefe de redacción, corresponsal de guerra y director de medios. Su nombre está ligado a los momentos más decisivos de la prensa independiente en México.
Inició su carrera en Excélsior, donde vivió el golpe contra la dirección de Julio Scherer García en 1976, episodio que marcó a toda una generación de periodistas. Salió junto con Scherer y el grupo que defendió la libertad editorial, convirtiéndose en fundador de Proceso, semanario que redefinió el periodismo crítico en el país.
Posteriormente participó en la creación de unomásuno, donde se desempeñó como jefe de redacción y de información, consolidando su prestigio como periodista de mesa y de calle, capaz de editar con rigor y reportear con la misma contundencia.
Entre sus aportaciones más relevantes destaca haber dado a conocer, en exclusiva, la ruptura del PRI y el surgimiento de la Corriente Democrática, un parteaguas político que transformó el sistema de partidos en México.
Su experiencia también lo llevó al servicio público, colaborando en la UNAM y en diversas dependencias gubernamentales, donde aportó su conocimiento en comunicación institucional y análisis informativo.
Tras su paso por el sector público, regresó al ejercicio directo del periodismo como director del medio digital Quadratín Ciudad de México, desde donde impulsó una cobertura moderna, ágil y con sentido crítico.
Corresponsal de guerra y testigo de momentos cruciales, Álvarez del Villar también incursionó en la literatura. Es autor de la novela Susana te llama y ha trabajado como corrector de estilo en obras narrativas, aportando su mirada fina y su oído entrenado para la palabra precisa.
Su participación como ponente en la IX Cumbre Internacional de Periodismo CONAPE CDMX 2026 reafirma su lugar como referente ético, histórico y profesional del gremio, y como parte de la generación que defiende la dignidad del oficio y la independencia editorial en México. |